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sábado, 23 de junio de 2012

¿Es esto democracia?



Una obviedad que insiste en ser obviada desde el discurso político: La representación política solo puede ser legítima si existe una comunicación institucional fluida entre representantes y representados, cualquier otra cosa es un simulacro. En un artículo Víctor Hugo Acuña señala que los políticos cada vez más, entienden la representación como representación teatral, más que como representación política. Amparados en una serie de formalidades institucionales pero viciando el contenido, arman la puesta en escena de la "democracia" y legalizan acciones a todas luces ilegítimas.

De esto se infiere que las decisiones tomadas por los cuerpos legislativos no son, necesariamente, eco o representación de la vilipendiada “voz del pueblo”. Parece que el argumento de “la mayoría” sirve para desacreditar cualquier otro argumento disidente, aunque la mayoría sea la mitad más uno. De esta manera, quienes ejercen el poder político, cierran las puertas a cualquier tipo de discusión que, en buena teoría es una de las características de la organización democrática de la sociedad: la negociación y la justa ponderación de los distintos intereses de los actores sociales.

El ejemplo más reciente de este tipo de cultura y práctica política es, sin duda, la destitución del presidente de Paraguay Fernando Lugo mediante mecanismos, constitucionales en el discurso, pero anticonstitucionales en el proceder: “un juicio político” sumario. Lamentablemente no es el único en la historia reciente de América Latina, en el 2009 hubo un golpe de estado en Honduras que depuso a Manuel Zelaya apelando también, por contradictorio que sea, a la “legalidad” y la constitución. Golpe de estado que fue repudiado, en principio (discurso), pero que en pos de una “transición” sin violencia y la reinstauración de la democracia, pasó, impune, a las hemerotecas.

Costa Rica, por supuesto, no está exenta de este tipo de cultura política. Apelando a “la mayoría”, Oscar Arias legitimó en su discurso una serie de acciones legales pero, desde toda perspectiva, cuestionables. Con la muletilla de “a mí me eligieron para gobernar, no para caerle bien a todo el mundo”, introdujo nuevas expresiones en la jerga política criolla: “torcedura de brazos”, a pesar de que su victoria en las elecciones fue muy ajustada.  De igual manera, del proceso de referéndum sobre el TLC (del que salió a la luz uno de los pasajes más deplorables de la política reciente en el país y le costó a Kevin Casas la silla que ahora ocupa Laura Chinchilla) salieron “ganadores” y “perdedores” a un escenario en el que los segundos pierden no solo en el tema concreto “discutido”, sino que también la posibilidad de hacer cualquier revisión futura del proceso: La mayoría habló. Al poner el foco de atención en el producto (lo decidido), se anula cualquier vía para argumentar desde el proceso que condujo a esa decisión.

En una clase de cierre de semestre sobre Centroamérica, David Díaz hacía la siguiente pregunta retórica: ¿Será que la cultura política democrática que hemos construido conduce a la protección de formas de gobierno más cercanas al autoritarismo que a la democracia? Rodrigo Arias, por supuesto, conoce la respuesta, y duerme tranquilo a pesar del lumbago. 

lunes, 14 de marzo de 2011

América Latina está muerta: circule, no hay nada que ver!

El insomnio de Bolívar, cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina.
De Jorge Volpi

“¿Y si América Latina ya no existe? ¿Y si de pronto descubriéramos que, en vez de un rutinario examen de salud, América Latina requeriría de una autopsia? ¿Y si América Latina sólo fuese un cadáver insepulto?”

Estas preguntas, provocadoras y sugerentes, son más bien afirmaciones en este libro de Jorge Volpi que pretende ser una especie de revisión salteada y anecdótica de los doscientos –sobre todo los últimos cien- años de los territorios y las poblaciones americanas que se encuentran, grosso modo, al sur del río Bravo.

“Los signos de descomposición –dice Volpi- se acumulan, alarmantes: todo aquello que alguna vez caracterizó a la región, que la hizo homogénea y reconocible, se esfuma de forma irreparable.”

En primera instancia y sin dramatismos, uno puede estar de acuerdo con estas afirmaciones; aún más, uno puede celebrar modestamente –como lo hace él al referirse a las nuevas condiciones de la literatura en la región- dicha situación.

El problema es que Volpi nos da diez con hueco, porque dentro de sus reflexiones, “todo aquello que alguna vez caracterizó a la región” se reduce y se corresponde directa y UNICAMENTE con la o las imágenes caricaturescas y estereotipadas que se construyeron, con mayor o menor rédito, de la región; tanto desde fuera como desde dentro de esta.

“Antes –escribe Volpi- decías América Latina y tu interlocutor se imaginaba una escena como esta…” A continuación, Volpi se deleita en la descripción de humanoides zoomorfos que representan tanto, a militares todos poderosos, cargados de medallas y magnánimos retratos, como a sus séquitos alcohólicos y gorilizados, desmembrando a los opositores en algún reducto oscuro. Lo interesante es que ese “interlocutor” imaginario al que alude Volpi no es –se infiere- un latinoamericano, o ya, sin ser grandilocuente, un peruano o un costarricense o un mexicano. El “interlocutor” de Volpi es –seguramente- un europeo; digamos un español; o bien, un gringuito; o por qué no, un chino. En todo caso, algún ciudadano de esa gran nación que es los inversionistas extranjeros que, bien que mal, sí saben, para efectos prácticos –que en el fondo parecen ser los que le acomodan a Volpi- lo que es América latina. Si el interlocutor de Volpi fuese un vecino de estos pagos el asunto tal vez –sólo tal vez- se complejizaría demasiado y Volpi no quiere correr ese riesgo.

Los signos claves que evidencian la proclamada caducidad de América Latina son: el fin de las dictaduras y sus tránsitos –al menos formales- hacia la democracia; paralelo a esto: la obsolescencia de las guerrillas y los movimientos revolucionarios que, o se pasaron radicalmente de acera, o se institucionalizaron, o desaparecieron dentro de una nube de desencanto. La esterilidad al fin del fatum trágico de la endogamia y sus niños con colita de cerdo, es decir, el desgaste del realismo mágico. La ausencia, casi total, de intercambios culturales entre los distintos países. El creciente desinterés del resto del mundo; en especial de Estados Unidos, hacia la región.

Decía más arriba que uno puede estar francamente de acuerdo con Volpi, e incluso hacerle coro cuando dice que América Latina ya no existe, ya pasó. El inventario de, digamos, realidades objetivas del párrafo anterior, da cuenta de que esa caricatura estereotipada de América Latina es insostenible. Es decir, no podemos seguir pensando América Latina desde ese espacio imaginario que efectivamente se agotó. Sin embargo Volpi no intenta –y sin duda no por ingenuidad- en ningún momento aclarar que América Latina, ciertamente nunca fue tampoco esa caricatura discursiva, sino unos territorios y unas poblaciones infinitamente más complejos y llenos de contradicciones a la fecha irresueltas; cuando mucho, le dedica algunos párrafos a la situación de los indígenas. En vez de eso, da por cierta la caricatura al redactar su acta de defunción, sin hacer una mínima nota al pie de que ese muerto, más bien era una sombra.

“Preguntémonos entonces, otra vez, ¿qué compartimos, en exclusiva, los latinoamericanos? ¿Lo mismo de siempre: la lengua, las tradiciones católicas, el derecho romano, unas cuantas costumbres de incierto origen indígena o africano y el recelo, ahora transformado en chistes y gracejadas, hacia España y Estados Unidos? ¿Es todo? ¿Después de dos siglos de vida independiente eso es todo? ¿De verdad?”

A la no-América Latina del siglo XXI, “cada vez más difusa, más aburrida, más normal”, la caracterizan ahora, dice Volpi, los caudillos democráticos de izquierda o derecha –los Ortega, los Uribe, los Arias, los Chávez, los Correa, etc- con sus neo discursos populistas y mesiánicos. El poderío empresarial de los narcotraficantes, poblaciones indolentes que ejercen su civismo en los reality shows, y una producción literaria sin un “deber ser” en el mercado editorial para que sea valorada o bien, ignorada; y unos índices crecientes de desigualdad económica, como trapito de domingo. Parece entonces que en vez de ese aburrimiento y normalidad desafortunados que en una línea declara Volpi, tres líneas después los desdice con la fragua de un nuevo “exotiquismo”, está bien, está bien, no latinoamericano, sino mexicano, o colombiano o brasileño… latinoamericano.

Con lo descreída y pesimista que es una, tampoco es que vamos a colgar de ahora en más una pintura bajada de internet de Bolívar en el baño de la casa. Pero lo cierto es que este librito no deja de venir trucado. Los países de América Latina, se encuentran en un momento de su historia en el que, como nunca antes, tienen la posibilidad de revisar, unos más que otros, su pasado y rescribirlo si es del caso. Sin querer queriendo, Volpi parece conjurar de nuevo ese huracán apocalíptico que convirtió a Macondo en un pavoroso remolino de polvo y escombros y que borró de la faz de la tierra esa estirpe condenada a cien años de soledad, sólo que en lo que García Márquez puso, si se quiere, una moraleja esquiva; Volpi pone un llamado solapado al olvido: circule, circule, aquí no hay nada que ver. ¿El futuro? Una mierda ¿qué le vamos a hacer?

Eduardo V.

domingo, 6 de junio de 2010

Yo no soy gay, mi novia sí

La convocatoria a un referéndum para decidir si son o no convenientes las uniones entre personas del mismo sexo, es un completo sin sentido. Lo que deja en claro es, en todo caso, el profundo temor que algunos sectores de la sociedad siguen abrigando dentro de sus corazas. Temor a lo no dicho y a lo no tocado; temor al encuentro con lo que diverge; temor a perder las falsas seguridades sobre las que algunos basan sus pobres castillitos de arena, y otros sus monumentales catedrales de poder de rancia alcurnia y dioses denigrados.

Dentro de lo que ha dado en llamarse un Estado de Derecho, este es un tema sobre el que no debería colgar ninguna duda una vez que estamos iniciando este re-profetizadísimo siglo XXI. El Estado tiene, dentro de sus responsabilidades últimas, justamente el ser resguardo y garantía de los derechos de las personas; es decir, el Estado no debería tener que consultar estas cosas, así como una sociedad cuya auto-imagen es la de una sociedad solidaria y hermanable, debería estar más cercana a las actitudes y convicciones que promueven el libre y gozoso desarrollo de sus pares. El Estado no otorga derechos, sino que debe reconocerlos formalmente ahí donde estos están subestimados.

La escandalosa mayoría tampoco tiene decisión ni competencia sobre los derechos humanos e individuales. Los prejuicios de muchos no deben ser consuelo de nadie. Legislar a favor de los derechos y responsabilidades que la comunidad homosexual del país exige se les reconozcan, y acoger y dar trámite al proyecto de ley de sociedades de convivencia u otro que se le parezca, sería lo propio por parte del Congreso; así como estas demandas debería realizarlas la sociedad en su conjunto.

Ninguno de los argumentos en contra se sostiene si la vara para medir que utilizamos es lo que de humano haya en la raza humana; algunos son de una ingenuidad injustificable, otros de una perversidad imperdonable; todos, se apoltronan en la evasión de la realidad social del país y del mundo mundial.

Eduardo Valverde F.

Junio 2010

jueves, 22 de mayo de 2008

Del ocio, los amigos y lo inútil




“La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla intensamente.”
Oscar Wilde
“Y tengo el tiempo y no tengo nada”
Fidel Gamboa
"yo que he nacido para rey, trabajando por dinero"
J. Sabina


Si hay algo de lo que me queje en esta vida es de tener que trabajar únicamente por dinero, ese indicador fluctuante del éxito moderno. El trabajo no es otra cosa que un paréntesis en la vida, el tributo que hay que pagarle al dios nuestro de cada día para poder hacer lo que realmente nos importa, que suele ser lo más importante. Por eso quiero hacer una reivindicación de lo inútil, porque es en lo inútil en donde reside toda belleza y es allí donde el ser humano se expone a sí mismo y en donde puede reinventarse a partir de él y de su imaginación. Con lo inútil me refiero aquí a lo que se sale del orden de la producción; una persona únicamente útil es una persona reproductora de lo mismo, nada nuevo o inesperado puede brotar de una persona útil, todo está previsto, como un perro Pavlov que siente hambre cuando escucha un timbre. Por otro lado, la capacidad creadora del ser humano (esencia de la especie) solo es potenciable cuando éste es inútil, cuando se encuentra ocioso, cuando no se plantea objetivos claros y se dedica a perder el tiempo para ver qué maravillas encuentra en esa pérdida. En la fábula bíblica son Adán y Eva, y no Dios, los que inventan el mundo a partir del ocio, conocieron el dolor y el placer, se parieron de ese útero que era el Edén en el que nada faltaba para disgusto de su creador, que ilusamente les había coartado cualquier ánimo inventivo. Es en esa posibilidad de ensimismamiento y de autoconciencia del hombre desde la cual el individuo puede percibir y darse cuenta del otro, que surge como un espejo que lo refleja y que él refleja a su vez, provocando muchedumbres infinitas de personas abrazables e inútiles.
El ocio como bien, existe desde que se convirtió en necesario, mejor dicho, para ponerlo en términos económicos, cuando se volvió un bien escaso. Esto es cuando el hombre empezó a poseer y a acumular, desde entonces el ocio se distribuye según las relaciones de poder de una sociedad dada. En la antigua Grecia, por ejemplo, los enemigos eran vueltos esclavos para ellos dedicarse a la comunión, las artes, la filosofía, las matemáticas, etc. Sin embargo, es sobre todo después de la Revolución Industrial cuando la significación del ocio se desvirtúa y cambia. Es entonces cuando el tiempo se desnaturaliza y deja de medirse por las estaciones o por la noche y el día, ahora lo que cuenta son las horas y los minutos, los silbatos de las fábricas marcan el inicio y el fin del día de trabajo, que se ve considerablemente extendido debido a que con la electricidad ya no se depende de la luz solar para seguir trabajando, los horarios de los trenes dictan ahora el comportamiento de los flujos de personas, que se alejan cada vez más y durante períodos más largos de tiempo de sus casas y sus gentes. El capitalismo industrial se convierte en un “estilo de vida” en el cual el ocio es un bien suntuoso, inaccesible e inclusive peligroso en manos de las masas.
Ahora bien, el consumismo como virtud última dentro del sistema de producción actual le ha dado al ocio un valor comercial e inconexo con las verdaderas necesidades humanas. El “tiempo libre” se ve atosigado por artefactos y actividades embrutecedoras y alienantes. El afán de poseer, casi como máxima moral, lo deshumaniza al hombre que cambia el “ser” por el “tener”, lo convierte en cosa, que a su vez es poseída por las abstracciones del mercado. Tenemos comidas rápidas, cajas rápidas, ventanillas únicas, el mundo en “tiempo real” en una pantalla, queremos conexión ultra rápida por internet, todo lo necesario para ahorrar tiempo con el único propósito justamente de tener tiempo, que a la hora de la hora, no sabemos cómo usar, en qué emplearlo, nos duelen los ratos libres, la pereza nos da culpa, quizá porque sentimos el vacío y nos acechan las dudas; ¡qué triste la tristeza de los jubilados! sus ojos de gorila viejo que no sale aunque le dejen abierta la puerta de la jaula. ¡Tanto empeñar el presente por ese futuro sombrío y sin porvenir a qué apostar!
Así, hoy el ocio es entendido como un “mientras tanto”, lo cual, insisto, es un mal entendido; el “mientras tanto” es ese paréntesis que mencionaba al inicio, paréntesis que nos limita y nos pone las pausas entre lo verdaderamente importante, entre vos y yo, entre ella y yo, entre nosotros, que lo que más queremos en la vida es tener tiempo que perder, para destruirnos y reinventarnos, para dolernos y deleitarnos, para pesar y medir granitos de sal que uno por uno disolveremos en las lenguas con el fin de comprobar las diversas intensidades salobres entre uno y otro. En fin, para dedicarnos a las inutilidades a las que se dedican los amigos, esos aficionados a la cacería de dragones, esos escuderos que saben que la Insula Barataria no existe y sin embargo la intuyen a cada palmo, esos torpes malabaristas del fuego y las palabras, esos vagabundos incorregibles que no pueden resistirse ante un mapa falso de “La Isla Desconocida” ni ante una mesa en la que la gente se toque, se escuche y se bese.