En cada letra late una exageración
y cada una dice la tristeza.
Orando la muerte de los dioses
-los de yeso y los alucinados-
he construido la ciudad donde reposo,
he amueblado la secular orfandad de asalariado
y abonado un jardín sibilino
de vidrios y metales modestos
donde deletreo versos amatorios
y promuevo la ambigua contraluz
de las lámparas ahogadas y los estériles sahumerios.
Empuño la palabra para descubrir
que somos la ignota descendencia del ciudadano
y solo nos quedan las puertas,
la llave
y el llavero.
En los muros leemos el vacío
en nuestro idioma
¿quién traduce ese ladrillo?
¿quién lo inaugura en el silencio
de esa ciudad otra donde los silbidos
se articulan en presagio de ventiscas por la noche?
Hay un gallo erguido al final
de cada nombre con que te he llamado
-anuncia el olvido,
se disipa con el sol-.