jueves, 18 de junio de 2009

El loco

XII
Se aquietó la silla
por eso escribo
el hambre es un árbol seco
en el maniquí
y otro cargado de frutos negros
otro árbol que me crece
en la tripa que duele cuando quiero odio
corazón lleno de fuentes de
aguas vueltas vidrio
¿cuál vitral es el horizonte que imaginas?
¿qué ventanas satisfaces tripa?
de vos beben los hijos
y los buses que me regresan a casa

tripa púrpura que ama.

XIII
Este soy yo
desramificado involuto
vuelto al centro
agrupado en el ombligo

esa sos vos
siempre en habitaciones contiguas
desllamándome abierta y en celo
desqueriéndome con la tripa que palpita
reproducida en ecos que merodean
los sensores de la silla

el maniquí fue un capricho
de compraventa
algo a qué ponerle los zapatos
mi humanoide para las noches
largas de tabaco y lucidez
como esta noche
que sé que este yo
y que esa vos
y me lo digo al oído del maniquí
para reafirmarme en el giro
de la silla.

XIV
Padre
qué bigote me crece en el espejo
qué invierno toso con tus años
quizá has muerto
entre las torres de periódicos
que entrapaban las tardes de mayo
cuáles de tus hijos
padre
fueron mis hermanos
cuántos niños han poblado la distancia
y han crecido en las noches de todos
esos barrios que se extinguen
con un fuego de butano
o de cajetilla de fósforos
te he visto padre
no morir en las aceras
ni las plazas no morir
en las avenidas
aunque quizá has muerto
en aquel azul de humo rancio
que se filtraba bajo las puertas
y los párpados
no quise morirte
padre
aunque quizá has muerto
en el silencio oscuro de las tazas de café
o en el siseo fervoroso de las madrugadas
longevo padre de tus huérfanos

XV
En su eje
la silla quiere cosmos
órbitas que la prolonguen
dioses químicos que la exploten
estériles sahumerios
que la bendigan
o la absuelvan

XVI
No tenés nada que olvidar
por eso me desmiras así
gran no muerto
con esos ojos que te pongo
mis ojos que te pongo
y que desmiran
cuando ella se desnuda
y se empala
para desquererme
esa mujer
que ha perfumado mis manos
con sus sales
esa muchacha
que le ha brotado al tiempo músicas
y espinas
y no envejece en su tripa que palpita
y aúlla entre paredes
y me da su mano tibia
para subirse al falo
y que yo la vea
con tus ojos que desmiran.

XVII
Hoy se supo
que de esa foto
que calló los griteríos del tiempo
en un click de sus y mis encías
colgamos todas las paredes
de esta casa

XVIII
El maniquí se llenó de mis palabras
que quise decirte
cuando escribí cartas
a los muertos que no fui a visitar
y salías de bañarte tantas veces
tantos días de no despertar por la mañana
y sólo oírte como un gran misterio húmedo en paño
un silbido o tarareo fugaz
antes de irte al taxi o al bus

pero no llegué a mis palabras
que se huían
y sin mis palabras
no conocí mis manos que te
tocaban
ni mi voz que desdecía
con palabras rotas que no mías
y fui siendo lo que el maniquí
porque no conocí mis manos
frías
pero la tuya era tibia
tu mano que llevaba al maniquí a la ciudad
cuando yo en la silla
era un gran silencio de piedra
sin mis palabras ni mi cuerpo
y vos que llorabas o cantabas
en las habitaciones contiguas
con un corazón que se llenó
de espinas o de seco
y se fue
simplemente a las avenidas.

1 comentario:

Jenaro dijo...

Me gusta ese asunto de transgredir la gramática misma del poema: el bigote que crece en el ombligo. La interpelación esa de ¿cuál vitral es el horizonte que imaginas? está demoledora.